C/ Cervantes 10 -2º D - 39001 Santander
blog img

La ansiedad infantil es una respuesta normal ante el miedo, la incertidumbre o determinadas situaciones que un niño percibe como amenazantes. El problema aparece cuando esa ansiedad es demasiado intensa, se mantiene en el tiempo o empieza a interferir en su día a día.


En mi día a día como psicóloga infantil en Santander, veo cómo la ansiedad puede manifestarse de formas muy diferentes: miedo a separarse de los padres, dificultades para dormir, preocupaciones constantes, dolores de barriga, irritabilidad o rechazo a determinadas situaciones.

Por eso, más que centrarnos únicamente en la conducta, es importante preguntarnos qué hay detrás de ella y qué necesita el niño para sentirse seguro y aprender a gestionar lo que le ocurre.

¿Qué es la ansiedad infantil?

La ansiedad infantil es la respuesta de nuestro organismo ante una situación que percibimos como amenazante o preocupante.

Para un adulto puede resultar más sencillo distinguir entre un peligro real y una preocupación. Para un niño no siempre es así. A medida que crece, va desarrollando recursos para comprender lo que siente, anticipar situaciones y regular sus emociones.

Por eso, cuando un niño dice «me da miedo», «no puedo» o «¿y si pasa algo?», no siempre está buscando llamar la atención. A veces, simplemente, su sistema de alarma se ha activado con demasiada intensidad.

Antes de poder afrontar aquello que le preocupa, el niño necesita sentirse seguro y acompañado. Desde ahí podrá ir desarrollando, poco a poco, recursos para comprender y gestionar su ansiedad.

Ansiedad en niños: ¿cuándo es normal?

Todos los niños sienten miedo.

Miedo a la oscuridad, a quedarse solos, a dormir fuera de casa, a equivocarse, a que sus padres se marchen o a enfrentarse a situaciones nuevas.

Estos temores pueden aparecer en diferentes momentos del desarrollo y, en muchos casos, disminuyen progresivamente a medida que el niño adquiere experiencia, confianza y seguridad.

Por eso, sentir miedo no significa tener un problema de ansiedad infantil.

Lo importante es observar qué ocurre alrededor de ese miedo.

Podemos preguntarnos:

¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo?

¿Está aumentando?

¿Interfiere en el colegio?

¿Está afectando al sueño?

¿Le impide jugar o relacionarse?

¿Evita cada vez más situaciones?

¿Necesita constantemente la presencia de un adulto para sentirse tranquilo?

¿La preocupación ocupa gran parte de su día?

Cuando la ansiedad empieza a ocupar demasiado espacio en la vida del niño, merece la pena prestar atención.

¿Cómo se manifiesta la ansiedad infantil?

La ansiedad no siempre aparece en forma de «estoy nervioso».

En los niños puede expresarse de muchas maneras porque no siempre tienen palabras para explicar lo que sienten.

Algunos signos frecuentes de ansiedad infantil pueden ser:

Preocupaciones excesivas.

Miedo intenso a separarse de los padres.

Llanto frecuente ante determinadas situaciones.

Problemas para dormir o pesadillas.

Dolores de cabeza o de barriga sin una causa médica clara.

Irritabilidad.

Necesidad constante de asegurarse de que todo está bien.

Evitación de situaciones escolares o sociales.

Perfeccionismo y miedo intenso a equivocarse.

Dificultad para relajarse.

Cambios importantes en el comportamiento.

En ocasiones, detrás de un «no quiero ir al colegio», un «me duele la barriga» o un «no puedo hacerlo» puede existir una emoción que el niño todavía no sabe identificar ni expresar.

La conducta nos muestra lo que vemos. La emoción nos ayuda a comprender lo que está ocurriendo.

El cerebro infantil necesita seguridad

Cuando un niño tiene miedo, nuestra primera reacción como adultos puede ser intentar convencerle rápidamente de que no hay nada que temer.

«No pasa nada».

«No tengas miedo».

«Eres mayor para eso».

Lo hacemos con buena intención. Queremos tranquilizarle y conseguir que deje de pasarlo mal.

Sin embargo, para acompañar la ansiedad infantil puede ser más útil empezar por comprender la emoción antes de intentar eliminarla.

Un niño que siente miedo necesita encontrar en el adulto una figura que pueda transmitirle seguridad.

Primero conexión. Después explicación. Y, poco a poco, herramientas para afrontar aquello que le preocupa.

Los niños van desarrollando progresivamente la capacidad de regular sus emociones. En ese proceso, la presencia de adultos que les ayudan a comprender lo que sienten y a recuperar la calma puede ser especialmente importante.

No debemos quitar todos los miedos

Cuando nuestro hijo sufre, nuestro instinto es protegerlo.

Si tiene miedo de dormir solo, nos quedamos con él. Si tiene miedo de ir al colegio, quizá pensamos en dejarle en casa. Si tiene miedo de hablar delante de sus compañeros, podemos intentar evitar esa situación.

Y durante un tiempo puede funcionar.

El niño se calma.

Pero si siempre eliminamos aquello que genera ansiedad, podemos transmitirle sin querer que aquello que teme es realmente peligroso y que necesita evitarlo para encontrarse bien.

Por eso, acompañar no significa evitar todas las dificultades.

Tampoco significa obligar al niño a enfrentarse de golpe a aquello que le produce miedo.

Significa estar cerca, comprender, poner palabras a lo que ocurre y ayudarle a enfrentarse progresivamente a sus dificultades, respetando su ritmo.

El objetivo no es que un niño nunca tenga miedo. Es que pueda descubrir que puede sentir miedo y, aun así, seguir avanzando.

¿Qué pueden hacer los padres?

Ante la ansiedad infantil, los padres pueden convertirse en una parte fundamental del proceso.

No necesitan tener todas las respuestas. Muchas veces, pequeños cambios en la manera de acompañar al niño pueden ayudarle a sentirse más seguro.

Escuchar sin juzgar

Antes de buscar soluciones, necesitamos escuchar.

Validar una emoción no significa darle la razón al miedo. Significa transmitir al niño: «entiendo que esto es difícil para ti y no estás solo».

Poner nombre a las emociones

Un niño que aprende a reconocer lo que siente empieza a construir herramientas para comprenderse.

Podemos ayudarle a diferenciar entre miedo, preocupación, tristeza, vergüenza, frustración o enfado.

Poner palabras a lo que ocurre puede convertir una experiencia confusa en algo que el niño puede empezar a comprender.

Dar seguridad sin sobreproteger

La seguridad no consiste en evitar todas las dificultades.

El objetivo es que el niño vaya descubriendo que cuenta con recursos para afrontar las situaciones difíciles, sabiendo que sus adultos de referencia están ahí para acompañarle.

Cuidar las rutinas

El sueño, el descanso, la alimentación, el juego y el movimiento también forman parte del bienestar emocional.

Un niño cansado puede tener más dificultades para regular sus emociones y afrontar las pequeñas frustraciones del día a día.

Por eso, además de preguntarnos qué le preocupa, conviene mirar cómo está siendo su día a día: cuánto duerme, cuánto tiempo tiene para jugar, qué nivel de exigencia está experimentando y si dispone de momentos de calma y conexión familiar.

Revisar nuestras propias reacciones

Los niños también aprenden observando.

Si ante cualquier dificultad mostramos una enorme preocupación, podemos transmitirles que aquello que ocurre es peligroso.

Esto no significa que los padres debamos estar tranquilos todo el tiempo. Somos humanos y también nos preocupamos.

Significa que podemos intentar mostrarles que sentir miedo no significa estar en peligro y que las emociones pueden atravesarse sin necesidad de huir de ellas.

¿Cuándo acudir al psicólogo infantil?

No es necesario esperar a que la ansiedad infantil sea muy intensa para consultar con un profesional.

Puede ser recomendable acudir a un psicólogo infantil cuando la ansiedad:

Interfiere de forma habitual en la vida familiar.

Afecta al sueño o a la alimentación.

Dificulta la asistencia al colegio.

Hace que el niño deje de hacer actividades que antes disfrutaba.

Provoca un sufrimiento intenso.

Genera muchas conductas de evitación.

Se mantiene durante semanas o aumenta con el tiempo.

Está acompañada de síntomas físicos frecuentes.

Está afectando a sus relaciones con otros niños.

Los padres sienten que no saben cómo ayudarle.

Pedir ayuda no significa que hayamos fracasado como padres. Significa que estamos prestando atención a una dificultad que merece ser acompañada.

Un psicólogo infantil puede ayudar a comprender qué está ocurriendo, valorar las necesidades del niño y proporcionar estrategias tanto al menor como a su familia.

Consulta de psicología infantil en Santander y también por internet

Si sientes que tu hijo está atravesando un momento difícil, que sus miedos están empezando a limitarle o que no encontráis la manera de acompañarle como os gustaría, podéis buscar apoyo profesional. En nuestra consulta de psicología infantil en Santander, y también por internet, acompañamos a niños y familias para comprender qué está ocurriendo, encontrar recursos adecuados y avanzar juntos hacia un mayor bienestar emocional. Porque pedir ayuda a tiempo también es una forma de cuidar.

Llámame