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“¿Mi hijo necesita ir al psicólogo?”

Es una pregunta que muchos padres se hacen cuando empiezan a notar que algo no va bien.

Quizá su hijo está más irritable, tiene reacciones que antes no tenía, las discusiones en casa son cada vez más frecuentes o ha ocurrido algún cambio importante en su vida.

Y entonces aparece la duda: ¿Esto es algo propio de su edad y debemos esperar? ¿O sería recomendable consultar con un psicólogo infantil?

No siempre es fácil saberlo.

Además, pedir ayuda psicológica no significa necesariamente que exista un problema grave. En ocasiones, consultar sirve precisamente para comprender mejor lo que está ocurriendo y saber cómo acompañar al niño antes de que las dificultades se hagan mayores.

No todo comportamiento difícil significa que un niño necesite un psicólogo

Los niños atraviesan diferentes etapas de desarrollo y, en cada una de ellas, pueden aparecer comportamientos que forman parte de su evolución.

Las rabietas, los cambios de humor, la necesidad de poner a prueba los límites o determinados conflictos pueden ser esperables dependiendo de la edad y de las circunstancias.

Quizás por eso, una de las preguntas que más me hacen los padres en consulta como psicóloga infantil es si su hijo necesita acudir al psicólogo. Mi respuesta suele ser: “Depende de qué comportamientos os estén preocupando y de cómo estén afectando al niño y a su entorno.”

No se trata únicamente de que un comportamiento exista.

También importa desde cuándo ocurre, con qué intensidad, en qué situaciones aparece, si se mantiene en el tiempo y qué impacto está teniendo en su día a día.

Cada niño es diferente y es importante valorar su situación de manera individual.

¿Cuándo puede ser recomendable llevar a un niño al psicólogo?

No existe una lista que permita determinar automáticamente si un niño necesita acudir al psicólogo. Sin embargo, hay algunas situaciones en las que puede ser conveniente consultar con un profesional.

1. Cuando hay un cambio importante y mantenido en su comportamiento

Los padres suelen conocer muy bien a sus hijos. Por eso, cuando dicen: “Antes no era así.” conviene prestar atención.

Un cambio mantenido en la forma de comportarse, relacionarse o afrontar determinadas situaciones puede tener diferentes causas y merece ser comprendido.

Puede manifestarse, por ejemplo, como una mayor irritabilidad, aislamiento, enfados frecuentes, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba o cambios importantes en su manera de relacionarse.

No significa necesariamente que exista un problema psicológico, pero sí puede ser una señal para observar qué está ocurriendo.

2. Cuando las dificultades están afectando mucho a la convivencia familiar

Hay momentos en los que las discusiones y los conflictos empiezan a ocupar demasiado espacio en la vida familiar.

Los padres pueden sentir que cualquier situación termina en una pelea, que su hijo no acepta los límites o que ya no saben cómo reaccionar.

Cuando la convivencia se convierte en una fuente constante de tensión y todos terminan agotados, pedir ayuda puede ser una buena manera de comprender qué está ocurriendo y buscar nuevas formas de afrontarlo.

3. Cuando ocurre un cambio o acontecimiento importante en su vida

Los niños necesitan tiempo y recursos para adaptarse a determinados cambios.

Una separación de los padres, un cambio de domicilio o de colegio, la llegada de un hermano, una pérdida importante o cualquier otra situación que suponga un cambio significativo puede generar dificultades emocionales o de conducta.

No todos los niños reaccionan de la misma manera ante estas situaciones.

Algunos pueden expresar lo que sienten hablando de ello. Otros pueden hacerlo a través de cambios en su comportamiento.

Por eso es importante mirar más allá de la conducta y preguntarnos: ¿Qué puede estar necesitando este niño en este momento?

4. Cuando las dificultades están afectando a diferentes áreas de su vida

También es importante observar si lo que preocupa a la familia está afectando a diferentes contextos.

Por ejemplo:

  • en casa;
  • en el colegio;
  • en sus relaciones con otros niños;
  • en sus actividades habituales;
  • en su forma de afrontar determinadas situaciones.

No es lo mismo que una dificultad aparezca puntualmente en un contexto concreto que cuando empieza a interferir de manera significativa en diferentes áreas de la vida del niño.

5. Cuando los padres sienten que ya no saben cómo ayudarle

Esta es una situación mucho más frecuente de lo que parece.

Los padres prueban diferentes estrategias. Hablan con él. Ponen límites. Intentan anticiparse. Cambian las consecuencias. Buscan información. Y, aun así, sienten que nada termina de funcionar.

Entonces aparece una de las frases que más escucho: “No sabemos si estamos actuando bien.”

Pedir ayuda en ese momento no significa que los padres lo estén haciendo mal. Significa que están buscando otra mirada para comprender mejor la situación y encontrar herramientas que puedan funcionar para su hijo y para su familia.

6. Cuando el propio niño o adolescente pide ayuda

En ocasiones es el propio niño quien expresa que algo no va bien.

Puede decir que está triste, que se siente diferente, que no sabe cómo gestionar una situación, que tiene problemas con otros niños o simplemente que quiere hablar con alguien.

Cuando un niño o adolescente pide ayuda, conviene escuchar esa petición y darle importancia.

No significa que necesariamente necesite iniciar un acompañamiento psicológico, pero sí que merece la pena explorar qué hay detrás de esa petición.

¿Y cómo saber si lo que le pasa es algo propio de su edad?

Esta es una de las dudas más habituales de los padres. Y precisamente por eso no conviene valorar una conducta de manera aislada.

Para comprender lo que le ocurre a un niño es necesario tener en cuenta su edad, su momento evolutivo, su personalidad, lo que está viviendo y el contexto en el que aparece la dificultad.

También es importante conocer si ocurre siempre o solo en determinadas situaciones.

Por ejemplo, no es lo mismo que un niño tenga una determinada conducta únicamente en casa que que ocurra también en el colegio, con sus amigos o en otras situaciones.

Por eso, antes de sacar conclusiones, necesitamos comprender el conjunto.

¿Tengo que esperar a que el problema sea grave para llevar a mi hijo al psicólogo?

No necesariamente.

Una de las ideas que más me gustaría transmitir a las familias es que pedir ayuda no significa que el problema tenga que ser grave.

A veces una consulta sirve para resolver una duda, comprender mejor una situación y aprender a acompañar al niño de otra manera.

En otras ocasiones, después de valorar lo que está ocurriendo, puede ser recomendable iniciar un proceso de acompañamiento.

Y también puede ocurrir que, después de valorar la situación, consideremos que no es necesario iniciar un acompañamiento psicológico.

Por eso es importante valorar cada caso de manera individual.

Si no sabes si tu hijo necesita ayuda, podemos valorarlo juntos

No siempre es fácil saber si lo que estamos viendo forma parte de una etapa del desarrollo o si conviene pedir ayuda.

Si hay algo que os preocupa y no sabéis muy bien cómo actuar, no tenéis que decidir solos qué hacer.

No necesitáis llegar con un diagnóstico ni saber exactamente qué le ocurre a vuestro hijo. Desde nuestro despacho de psicología en Santander ofrecemos un espacio para para escuchar qué está pasando, comprender juntos la situación y valorar cuál puede ser la mejor manera de ayudarle. También hacemos acompañamiento por internet.

Cuando no sabes cómo ayudar a tu hijo, no tienes que hacerlo solo.

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