Hay días en los que la paciencia con nuestros hijos parece desaparecer por completo. Puede ser por algo tan cotidiano como que no quieran ponerse los zapatos cuando vamos tarde, por una cena que se alarga más de la cuenta o porque llevamos toda la tarde escuchando “mamá” o “papá” sin apenas un momento para nosotros.
Y entonces llega ese instante en el que levantamos la voz, respondemos con más intensidad de la que nos gustaría o sentimos que hemos llegado al límite. Después, cuando todo se calma, aparece la culpa: “Otra vez”, “debería tener más paciencia”, “no quiero ser así con mis hijos”.
En mi trabajo como psicóloga infantil en Santander, esta preocupación aparece con frecuencia cuando acompaño a familias. Madres y padres que quieren hacerlo bien, que se preocupan por sus hijos y que intentan informarse y comprender la crianza, pero que sienten que, en determinados momentos, sus recursos se terminan.
Y quizá no les falte paciencia. Quizá llevan demasiado tiempo intentando llegar a todo.
Paciencia en la crianza: ¿por qué perdemos los nervios con nuestros hijos?
Hemos construido una imagen de la crianza en la que parece que un buen padre o una buena madre debería ser capaz de mantener la calma ante cualquier situación. Si el niño grita, nosotros debemos mantenernos tranquilos. Si no obedece, tenemos que responder con serenidad. Si aparece una rabieta, debemos saber acompañarla sin alterarnos.
El problema es que los padres también somos personas. Nos cansamos, nos frustramos, nos preocupamos y tenemos días en los que disponemos de menos recursos emocionales. La paciencia no existe al margen de todo lo que nos ocurre.
Podemos encontrarnos con una misma situación y reaccionar de maneras muy diferentes dependiendo de cómo estemos. No es lo mismo afrontar una discusión con nuestro hijo después de haber descansado y tener tiempo que hacerlo después de una noche complicada, varias horas de trabajo, responsabilidades acumuladas y la sensación de no haber tenido ni un momento para nosotros.
La situación puede ser la misma, pero nosotros no.
Por eso, cuando una madre o un padre dice “he perdido la paciencia con mi hijo”, es importante no quedarse únicamente en ese momento. La reacción que vemos puede ser la parte más visible de algo que lleva acumulándose durante mucho tiempo.

El cansancio y el estrés de los padres también influyen en la crianza
La crianza tiene una parte visible: cuidar, acompañar, jugar, educar, poner límites y estar disponibles para nuestros hijos. Pero también existe una parte mucho menos visible que puede resultar enormemente exigente.
Organizar horarios, recordar citas, preparar mochilas, gestionar comidas, atender las necesidades de los hijos, trabajar y mantener en funcionamiento una casa supone una carga mental importante. Y cuando esa carga se mantiene durante mucho tiempo, puede afectar a nuestro estado emocional.
A veces pensamos que estamos enfadados con nuestros hijos cuando, en realidad, estamos profundamente cansados. O que tenemos un problema de paciencia cuando lo que existe es una sensación constante de estar llegando tarde a todo, de no tener espacio para descansar o de tener que responder continuamente a las necesidades de los demás.
En orientación familiar, una de las cuestiones importantes es precisamente poder mirar también esta parte de la experiencia de los padres. No solamente qué está haciendo el niño, sino cómo se encuentra el adulto que está intentando acompañarlo.
Porque detrás de muchos “no puedo más” hay mucho más que una rabieta o un conflicto concreto.
La culpa después de perder la paciencia
Después de gritar o reaccionar de una manera que no nos representa, es frecuente que aparezca la culpa. Y muchas veces esa culpa nace de algo positivo: queremos a nuestros hijos y queremos hacerlo bien.
El problema aparece cuando esa culpa se convierte en una exigencia permanente. “Tengo que hacerlo mejor”, “no debería enfadarme”, “debería saber manejar estas situaciones”, “otros padres lo hacen mejor que yo”.
Poco a poco, podemos acabar midiendo nuestra capacidad como padres en función de si conseguimos mantener la calma en todo momento.
Pero una reacción puntual no define quién eres como madre o como padre.
Lo que sí puede indicar es que hay algo que merece ser comprendido.
La presión por ser buenos padres
Además del cansancio, existe otra cuestión que puede pesar mucho: las expectativas que tenemos sobre nosotros mismos.
Quizá imaginábamos que seríamos padres pacientes, que nunca gritaríamos, que sabríamos qué decir en cada momento y que disfrutaríamos de la crianza mucho más de lo que a veces conseguimos hacerlo.
Y cuando la realidad familiar no encaja con ese ideal, podemos sentir que estamos fallando.
Sin embargo, la crianza real está llena de contradicciones. Hay días en los que conectamos profundamente con nuestros hijos y otros en los que estamos agotados. Hay momentos en los que respondemos como nos gustaría y otros en los que nuestra propia tensión termina imponiéndose.
Ser un buen padre o una buena madre no significa ser una persona que nunca se equivoca.
Cuando perder la paciencia empieza a preocuparnos
En ocasiones, una familia llega a consulta pensando que el problema está en el comportamiento de su hijo: “no me hace caso”, “todo termina en una discusión” o “no sé qué hacer con él”. Sin embargo, en mi trabajo como psicóloga infantil en Santander, también es importante comprender cómo se encuentra el adulto que está acompañando esa situación. El cansancio, las expectativas, la culpa o la sensación de no llegar a todo pueden influir mucho en la forma en que vivimos la crianza.
Por eso, desde la orientación familiar, no se trata únicamente de mirar qué hace el niño, sino de comprender qué está ocurriendo en la familia y qué puede estar necesitando cada uno.
Porque detrás de un “necesito tener más paciencia con mi hijo” puede haber una pregunta diferente: “¿Qué me está pasando a mí?”
Y quizá esa sea una pregunta que también merece ser escuchada.
Si sientes que la convivencia familiar se ha vuelto difícil, que los enfados se repiten o que la crianza está generando más agotamiento y culpa de los que te gustaría, pedir ayuda puede ser una forma de empezar a comprender qué está ocurriendo.

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